A cien años de la guerra, la esperanza de aprender

El martes pasado, 28 de julio, se cumplieron cien años del comienzo de la Primera Guerra Mundial en la que murieron 9.000.000 de personas. A pesar de la devastación causada, apenas dos décadas después se producía la Segunda Guerra Mundial, en la que la humanidad se sumió en una locura inconmensurable y en la que perdieron la vida un número triste y bestialmente mayor que en la primera.

La pregunta como humanidad sería: ¿nos han dejado cada una de estas atrocidades alguna enseñanza?, ¿han representado para alguno de los involucrados evolución alguna?

En 1945, finalizada la monstruosidad de la segunda guerra y con medio mundo devastado, una luz tenue se vislumbraba y algo parecía que habíamos aprendido: fue creada la ONU -Organización de las Naciones Unidas-. La intención fue la de cooperar con la paz y la seguridad internacional, así como cuidar asuntos humanitarios y velar por los derechos humanos. Era absolutamente necesario. Desde entonces y hasta la fecha se han ido incorporando estados miembros hasta llegar a ser, hoy en día, poco menos de 200 países reconocidos. Los suficientes para sentirnos representados como humanidad. Un número más que elocuente si la voluntad de cambio estuviera en las entrañas de cada miembro y de cada funcionario. Cada año en reuniones periódicas se discuten y deciden temas significativos y de profunda importancia para el presente y el futuro de la humanidad. Muchas veces me pregunto cómo nadie, en ninguna de esas “altas cumbres” de pensadores, decidió implementar una ley para que los países miembros que participan en el cuidado de “la paz y los derechos humanos”, pongan en funcionamiento materias en la educación de todos los niveles donde se instruya sobre el manejo de emociones, sobre la importancia de una convivencia pacífica, sobre mediación en los vínculos humanos individuales y sociales, sobre la esperanza en la cooperación por sobre la competencia y sobre lo que, como expertos en el tema, ayude a esta humanidad que se sigue desangrando a aprender nuevas alternativas de convivencia, una necesidad insoslayable. Para eso necesita el mundo a la ONU. Ya no hay tiempo que perder, ya deberíamos haber aprendido; ya somos “grandes”, la pregunta es si estamos dispuestos a madurar…

La UNESCO -Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura- también creada en 1945, debería ser nuestra esperanza para modificar un sistema educativo hoy caduco, a la luz de lo aprendido como humanidad. Seguramente sean admirables sus esfuerzos en pos de apoyar la alfabetización y salvaguardar la identidad cultural de cada país. Pero además de la alfabetización, hoy necesitamos escuelas y docentes que nos ayuden a convivir y a humanizarnos. ¿A quién le interesa que le cuenten dónde confluyen tres ríos de algún país lejano? La información está al alcance de un click en un teclado. Estamos ávidos de aprender cómo hacer que confluya el río de almas de este gran mundo convulsionado, estamos pidiendo que quienes nos representan piensen con conciencia en aprender de los errores cometidos, como cada uno debería hacer en su propia vida con sus propios errores para avanzar en una vida más digna de ser vivida. En cada cosa que hagamos y decidamos, pensemos que estamos hoy construyendo el mundo que dejaremos a nuestros hijos y nietos dentro de cien años.


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