Un oficio para toda la Vida

“Y entonces pensé: quizá sea eso lo que significa ser padre, enseñar a un hijo a vivir sin ti”. Esta impactante frase de la novela La Historia del Amor de Nicole Krauss bien podría ser de gran ayuda para quienes estén criando niños pequeños y para quienes estén atravesando el llamado nido vacío (nombre que se le da al sentimiento de pérdida que afecta a los padres cuando los hijos se independizan o se van del hogar).

Para quienes sean padres de hijos pequeños, es necesario no engañarse y saber que, para enseñar a un hijo a vivir sin los padres, éstos tienen que estar sumamente presentes en la primera infancia y acompañar los inseguros pasos de la adolescencia. Los padres son indispensables e insustituibles. Son los que pueden brindar el amor, los cuidados, la presencia, la contención y los límites necesarios. Son los que permiten que la vida del niño sea vivida en compañía de las personas que más lo quieren y sentir que los adultos siempre desean lo mejor para él. Para esto los padres deben armarse de paciencia y no desesperar en los momentos más duros y, si el cansancio o la rutina lleva a algún desequilibrio emocional, no atormentarse: Parar y volver a escuchar la misión de la paternidad. La misión es enseñarles a vivir sin los padres; amarlos para que ese amor sea reemplazado en el futuro por la autoestima sana; amarlos incondicionalmente para que luego no sientan la dependencia emocional tan tóxica para cualquier vínculo y para que en su vida adulta no vivan buscando miradas aprobatorias que no tuvieron de sus padres.

Pero… ¿Qué pasa entonces con los padres que se han dedicado tanto cuando sus hijos se van? Si los hijos saben vivir sin ellos, ¿el NIDO VACIO es un pozo donde caer a cierta edad? No es esa la idea… Los cambios que implican cualquier etapa del ciclo vital invitan a una laboriosa entrega para trascenderlos y adaptarse a lo nuevo. Y en este caso, conviene tener en cuenta que, paradójicamente, el sentimiento de nido vacío suele ser menor en los casos de hijos independientes con padres que han estado muy presentes. Porque muchas veces, la tristeza de esta etapa es generada por la sensación de haber perdido la oportunidad, por el sentimiento de culpa de no haber estado suficientemente involucrado en acompañar a los hijos a crecer. Si este es el caso, el trabajo de esta etapa pasa por aceptar lo que no se puede cambiar y reconstruirse como persona a partir de ahí porque es lo único que ayudará a padres y a hijos. En la etapa del “empty nest” como fue acuñado el síndrome, la fórmula para los padres sería dedicarse a ser personas con las que valga la pena estar. Los hijos adultos ya no NECESITARAN a los padres pero SI podrán ELEGIR estar con ellos. Y como es razonable imaginar, seguramente elegirán estar con personas alegres, que tengan proyectos y sean entusiastas, personas que les sigan marcando un camino y capaces de mostrarles que cada etapa es valiosa y tiene sus desafíos e invitaciones. Y esto es un trabajo que debería conducir a la felicidad. Porque el ser padres es un oficio para toda la vida. Y lo mejor que puede pasarle a un hijo (tanto de niño como de adulto) es ver a sus padres felices. Está probado que un progenitor genuinamente feliz habilita a sus hijos a ser felices. El ejemplo de un padre siempre está cercano, aunque se encuentre lejos geográficamente. Entonces, si hay un secreto, éste reside en enseñar a los hijos a vivir sin los padres para que los padres puedan vivir sin los hijos. Y a partir de ahí, que cada encuentro de ambos sea una fiesta elegida.


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