El fuego de Galeano


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“El mundo es eso. Un montón de gente, un mar de fueguitos. Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende”. Sin duda este es uno más de los cálidos y chispeantes fuegos hecho texto que nos deja el sensible, lúcido, irrepetible e inmortal Eduardo Galeano.

Y digo inmortal porque entiendo que cada fuego encendido trasciende mucho más allá de la propia vida. Cada una de nuestras acciones y nuestras decisiones cotidianas, cada manera particular de alimentar y expandir nuestro fuego, dejará una estela en nuestras generaciones futuras.

Le tocó a Galeano dejarnos una herencia llena de sabiduría y sensibilidad plasmada en la inmensidad de su obra, como le tocó a Beethoven dejarnos sus melodías eternas e infinitas o a Einstein su genialidad que cambió el paradigma de ver la realidad y el mundo. Ellos tienen nombre y lo seguirán teniendo por los siglos de los siglos. Pero, cada uno de nosotros, sin nombre ni grandes obras, tenemos el laborioso camino y la enorme responsabilidad de sabernos inmortales a través de nuestro legado. Porque aunque no queramos verlo, la manera en que educamos a nuestros hijos o acunamos a nuestros nietos, la forma en que tratamos a los demás, el compromiso político y social que ejercemos en cada acto, el trabajo que hacemos y cómo lo hacemos, el servicio que damos, las palabras con las que elegimos decir HOY lo que sentimos, construyen cada día el mundo del MAÑANA.

Podemos aprender a brillar con nuestra propia luz y ser cada vez fuegos más cálidos y esperanzadores. Sabiendo, por ejemplo, que cuando los troncos están muy juntos el fuego tiende a apagarse y cuando están muy distantes también. La vida se convierte entonces en un aprendizaje para ir descubriendo nuestra manera de ser fuego.

Por eso cada vida es infinitamente preciosa. Como cada fuego. Porque así como nuestro pasado y nuestros ancestros viven en cada uno de nosotros, nosotros viviremos en el futuro a través de nuestras acciones. La sombra que dará un roble dentro de 20 años es la semilla hoy sembrada y regada con paciencia. Y la leña con la que se alimente el fuego del futuro está siendo producida hoy por nuestros actos. El pasado vive en el hoy y nosotros vivimos construyendo el mañana.


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