La insoportable pesadez de la convicción


Circula por internet una carta atribuida a José Saramago, y dirigida a su mujer Pilar, que en un párrafo declara “El trabajo de convencer es una falta de respeto, es un intento de colonización”. Apenas lo leí, me “convencí” de que lo que enuncia es así. Valga la paradoja, ya que de paradojas está llena la vida!

Y con esto no quiero decir que deberíamos dudar de todo. Ya diije que me convencí al leerlo. La idea sería dejarse conducir por la vida a sabiendas de que no hay certezas. Ir más liviano, con esa liviandad que da madurar y saber que hay tantas realidades como ojos que miran. Darse cuenta que defender rígidamente una postura, cualquiera sea, es un peso que se aloja en el cuerpo sin sentido. El hecho es que las posturas no son verdades absolutas; esas que nos creemos que SI lo son, si las miramos con ojos honestos y de verdadera introspección, nos damos cuenta que son interpretaciones y conceptos aprendidos sobre cada cosa. Esto puede ejemplificarse a través de la psicología. En psicoterapia hay muchísimos abordajes y, dentro de cada abordaje terapéutico, cada profesional puede manejarse diferente. No es raro exponer un caso de análisis entre, por ejemplo, 4 o 5 colegas, y que cada uno sugiera un tratamiento distinto. Todos buscan aliviar el síntoma del paciente y aumentar su bienestar, de eso no hay dudas. En un caso así: qué aplastante, pesado e inconducente resulta escuchar personas intentando convencer al otro de que su enfoque es EL mejor. Y qué alentador, motivador y esperanzador es escuchar profesionales que no intentan convencer de que su mirada es la correcta sino que, simplemente, es SU visión, la que llevarán adelante con la humildad del buen ser humano, que hace lo que siente que es correcto y lo que la vida le pide a cada momento. Sirva el ejemplo para la vida misma.

Más adelante, en la misma carta de Saramago dice “somos la resposabilidad que asumimos”. Y esto es lo que, a la hora de decidir cómo actuar, nos ayuda a no dudar a pesar de la incertidumbre de sabernos programados para ver sólo una parte de la manzana. La responsabilidad asumida de ir por la vida haciendo lo que creemos correcto pero escuchando al otro con la única certeza de sabernos falibles, y con la expansión que da el entregarnos al diálogo, en lugar de constreñirnos en las convicciones.

Sirvan las palabras del Patriarca Atenágoras de Constantinopla que Jean Vanier comparte en su libro Al encuentro del Otro, “Estoy desarmado de la necesidad de tener razón y de justificarme, descalificando a otros. (...) No me aferro a mis ideas y proyectos. Si alguien me muestra algo mejor; -no, no debería decir mejor; sino bueno-, lo acepto sin problemas. Y ya no busco comparar”. Este bellísimo extracto nos muestra que es posible lograr una madurez y evolución donde convivan diferentes miradas con un objetivo común.


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