Alcohol en la herida


El alcohol corre entre los adolescentes como sangre de una herida abierta. Todos sabemos que hay que curarla, que hay que detener el sangrado. Porque cuanto más sangra y más tiempo pasa, más peligroso es. Pero aunque sabemos que es así, cada verano, miles de adolescentes se inician en el alcohol a edades cada vez más tempranas.

Chicos de 14 años que ya toman shots de bebidas blancas. “Vuelcan”, como dicen ellos. Nació otra manera de beber: en poco tiempo grandes cantidades, alejadas de las comidas, con un fin específico que es la deshinibición y el “cumplir” con la sobreexigencias de las interminables noches donde es más importante la cantidad de gente que conocés, los likes en tu red social, que el vínculo cara a cara y el conocer y disfrutar con el otro. Claro que esto es uno de los síntomas entre tantos que vemos en la sociedad actual. En el espacio de esta columna sólo nombraremos un emergente, el alcohol y la edad temprana en el inicio del consumo desmedido.

En España se conoce que la edad media de inicio en el consumo de alcohol es a los 13,8 años. Habiendo vivido en ese país por más de cinco años, no creo que por aquí sea muy diferente. Esto se da ante la naturalización de la sociedad y la mayor permisividad de los padres y una “vista gorda” de las autoridades que no hacen cumplir las políticas que, por ley, se explicitan: el alcohol está prohibido para menores de 18 años. Esta ley es producto de rigurosos estudios que demuestran la toxicidad y el daño que produce. Pero todos sabemos que los chicos acceden sin ningún inconveniente, la ley no se hace cumplir. Y los padres y cuidadores lo vemos como algo normal.

Entre las diferentes etapas de la vida, la adolescencia temprana es aquella en la que se deja de ser niño (al cuidado de los padres) y todavía no se es adulto (en la que uno se cuida a sí mismo). Como acompañantes de aquellos que “ya no son niños pero aún no son adultos” tenemos que saber que nuestra mirada sigue siendo de suma importancia. Es el momento donde se dificulta más nuestro rol de cuidadores: nos invita a equilibrar el dejarlos libres, dejarlos ser y mirarlos a cierta distancia, corriéndonos de su centro pero, a la misma vez, estar involucrados y conocer su entorno, sus salidas, sus necesidades, sus sentimientos. Nos pone a prueba como verdaderos adultos responsables. Nuestro rol y cómo lo cumplamos, puede marcar la diferencia.

No es fácil. Nos interpela y nos exige estar más atentos y lúcidos para ver la necesidad del otro, ahora con sus propias opiniones, exigencias y argumentos. Nos confundimos entonces y nos hacemos laxos para no distanciarnos y seguir cercanos, sentirnos padres progres y cancheros. A veces las charlas naturalizan lo que pasa y terminan con la conlusión: “es una etapa, espero que pase rápido”. Los más preocupados se preguntan “qué será del hígado de esta generación” (lo he escuchado varias veces).

El tema es que no sólo es una etapa y no sólo afecta al hígado. Esta “etapa” está moldeando el cerebro y el futuro de miles de adolescentes que serán los adultos de mañana. Es una etapa que tiene consecuencias en el resto de la vida. Cualquier daño que se produzca a nivel neuronal es irreversible. Una vez que se produce un daño, ya no se puede volver atrás para sanar lo que se le ha hecho al cerebro. Los estudios en neuroplasticidad de los últimos años así lo demuestran.

Entre otras cuestiones, los humanos nos distinguimos de los animales por nuestra maravillosa capacidad de pensar e imaginar el futuro. Esta enorme diferencia nos puede jugar una mala pasada cuando lo que vemos es desesperanza y un lugar/tiempo donde no nos apetece llegar y queremos evadir. Pero, por otra parte, el poder pensarlo nos invita a tomar las riendas HOY de lo que estamos sembrando para llegar a un mañana más humano y habitable: cuidar a la adolescencia es cuidar a los chicos hoy pero también es cuidar el futuro, es cuidar el mundo. Dejemos de mirar hacia otro lado y hagamos lo que está en nuestras manos para detener el sangrado del alcohol, es lo más urgente. Luego podremos preguntarnos cómo se generó esta herida que nos hace sangrar y que también hay que curar.


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