A mi madre en el Día de la madre


A mis 56 años te vi morir. Morir a todo. Dejar de respirar.

Ya te había visto morir infinidad de veces. A partes tuyas. A expectativas. A personajes. Incluso a tus ganas de vivir.

Paradójicamente, un 17 de agosto de 2021 naciste de nuevo. Naciste a través de toda yo. Como si irrumpieras sin elección dentro mío, o a través de mi, para revelar todo lo que de vos tenía sepultado, olvidado o en sombras. Buscaste cada grieta que se me abría vulnerable. Entraste en mí por cada rendija de mi alma para integrarte, integrarme, integrarnos

Cuando tuviste la “suerte” de tener tu primer ACV, el primero de los tres, se te desconectó el sensor que te hacía sentir dolor en cada parte de tu cuerpo. Ese cuerpo que alojó tantos dolores y que tantas veces comparamos con el de Frida Kahlo.

Ese cuerpo que lloró tantas perdidas e injusticias a lo largo de tu vida. Con ese piadoso ACV el dolor cedió. Dejó de perturbar y te reiniciaste. Yo presentía que era un milagro, para que pudieras vivir liviana el último año. Esos meses que fueron “los mejores de tu vida” como vos misma nos confesaste a Pedro y a mi aquella tarde.

Y así empezaste a abrazar como nunca, a dejarte abrazar. A decir palabras sabías y tiernas. A reír con ganas. A disfrutar y disfrutarnos a todos. A quererte y hasta honrar a toda tu historia. A contemplar lo lindo de la vida. A transformarte en pura belleza.


Llegaste a convertirte en mi maestra espiritual. En realidad siempre lo fuiste. Pero me decías que no. No lo aceptaste ni siquiera al final. Ahora entiendo porqué me decías cada día “¡Cómo te pareces a mi!” -frase que no hubiera sido posible años atrás- aunque nos parecimos desde siempre…


Guardabas cada recorte de mis escritos publicados, practicaba con vos cada uno de los talleres que daba, escuchabas mis meditaciones. En realidad todo era tuyo. Vos me llevaste por primera vez a meditar con Indra Devi en los ‘70, hacías que llegara a casa la Revista Uno Mismo allá por los ‘80, hacías psicoanálisis, estudiaste psicología Social y leías a todos los grandes. Y casi inauguraste como alumna el mítico Río Abierto y la Escuela el Arte de Vivir de Lía Lerner. Toda tu búsqueda abrió mi camino. Lo vimos y te lo agradecí recién casi al final.

Hace unos días te apareciste en un viaje chamánico. Y me decías “tu maestra es la vida, siempre lo fue” Y entendí todo. La tuya también fue la conciencia de finitud. La otra cara y la misma. Esa cercanía te hizo vibrar de emoción por cada instante de este lado cuando percibiste que de verdad faltaba poco. Nunca te habías entregado tanto. Nunca como en esos meses te habías animado a soltar máscaras, apegos y broncas para quedarte solo con lo que te hacía bien. ¡Cuánto nos reímos! Nunca antes habías podido sanar tan de cuajo los rasguños de tu infancia.

Yo, que me cuido del pensamiento mágico, puedo asegurar que sos vos la que escribe este texto. Que tu sanar es el mío y el mío el tuyo. Que poco a poco, a medida que se termina el blister de ácido fólico y tu Dermaglós que quedaron en tu mesita de luz y que me puse cada noche desde que dejaste este plano, vas dejando mi cuerpo para convertirte en mi guía.

Te quiero. Infinito. Gracias

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