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Conciencia de Finitud en el día a día

En una de las interesantes charlas con mi amiga Andrea Montaldo, nos sensibilizamos al repasar quiénes se están despidiendo de sus carreras artísticas, personas muy admiradas y que fueron parte de nuestra vida desde la infancia. Joan Manuel Serrat, en su maravilloso cierre de carrera el pasado año. Les Luthiers, con su inigualable humor inteligente despidiéndose en el Opera… Claro, Andrea y yo tenemos unos cuantos años menos con lo cual, lo atribuimos a la edad de quienes se están retirando y repasamos con alegre nostalgia todo lo que atesoramos de ellos. Luego quedé pensando… no todo el mundo se retira en el momento que aún satisface las expectativas del público; ese que aplaude y ve “resto” y que pide otra, otra y otra endiosando tu arte, tu poder, tu ego… No es lo habitual. Lo habitual y esperable en otros tiempos es que “el capitán se hunda con el barco”. Ese poder comandado por el narcisismo y el creernos imprescindibles es una droga que alimenta la identidad. Y cuando nos creemos la identidad que construimos, no somos nadie sin “ejercerla”. Pero no. Hay personas con una profunda mirada introspectiva, con la humildad de los grandes y que saben que son más que lo que hacen. Y que deciden dejar de hacer lo que el cuerpo y la vida les pide. Al otro día, amanecí leyendo la sorpresiva renuncia de Jacinda Ardern, primera ministra de Nueva Zelanda. La impactante y honesta frase “Ya no tengo suficiente energía para llevar este cargo como es debido”. Hablaba de sabiduría y humildad. Recordé una de las frases del multivendido libro Los Cuatro Acuerdos: “haz siempre lo mejor que puedas”. Y me dije: esta admirable mujer entendió todo. No se trata de hacer ni un poco más de lo que podemos. Tiene 42 años. Entonces no es una cuestión de edad… ¿Puede que haya un nuevo paradigma que permita conectarnos con lo que sentimos y con lo que “vamos siendo”? Muy contrario a la cultura del esfuerzo desmedido y a cualquier costo -propio y ajeno- para sostener reinados que nos permitan “seguir haciendo para tener más” -dinero, fama, poder-. Tengo la confianza de que así es. Dar todo lo que podemos y darnos cuenta cuando no podemos.

Mi hipótesis es que, una de las claves para lograrlo, es una entrega a plena conciencia de lo que va cambiando a lo largo del paso del tiempo. Lo que va cambiando y lo que vamos perdiendo. Pueden ser vínculos, energía, deseos, juventud. Lo que sea. Esa es la razón por la que, cuando hablo de duelo, no me refiero solamente a los duelos ruidosos como la pérdida de un ser querido. Hablo también de los duelos que día a día la vida nos invita a hacer para lograr una vida más plena. Hablo de soltar lo que hay que soltar para entregarnos a lo que HOY nos importa y podemos. Y por eso cuando hablo de finitud, no hablo solamente de la conciencia de que a todos inexorablemente, más tarde o más temprano nos espera la muerte. Hablo de la finitud de cada una de las etapas de la vida, de los ciclos que van terminado y dando espacio para que otros comiencen. Hablo de no aferrarnos a nuestras identidades. De ser flexibles porque, lo que ayer nos convocaba, hoy puede no ser para nosotros, pero hay que estar atentos. Para eso, despertemos nuestra valentía y humildad para acompañar la vida como lo que es: un regalo que dura lo que dura y que se va construyendo con nuestras decisiones. Cuanto más aprendamos a duelar en el día a día, más recursos tendremos para disfrutarla.



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