Comparar lo incomparable

Lo bello y lo horrendo, lo lindo y lo feo, lo que está bien y lo que está mal, el momento “oportuno” o “inoportuno”, lo demasiado alto o demasiado bajo, lo simpático o antipático y tantas otras cuestiones que nos parecen sumamente importantes y verdaderas, son tan subjetivas que a menudo encontramos tantos puntos de vista como personas se promulguen sobre cada tema. Y la raíz de esa subjetividad es la comparación. Y la comparación nace de ideas que nos han enseñado -y hemos incorporado como verdades absolutas- a esa edad donde lo que se aprende no se cuestiona. Y así vamos por la vida enjuiciando a los demás y a nosotros mismos con una vara imposible de alcanzar, donde siempre podremos comparar o compararnos con algo mejor (“mejor” subjetivamente hablando…)

Lo paradójico de la comparación, que hacemos tan nuestra y que nos destruye tanto, es que se basa en cosas –o personas- lo suficientemente parecidas entre sí que permiten equipararlas y verlas como pares para, luego, buscar las diferencias. Así, muchas veces, nos percibimos a nosotros mismos a través de la comparación con un otro y buscamos las semejanzas y diferencias para juzgarnos desde un patrón externo que no nos conducirá nunca a la felicidad. Al compararnos o comparar a quienes nos rodean, siempre nos faltará algo (así como sobrará también alguna cosa)

Cuando a alguien se lo ve feliz, esa felicidad está siempre relacionada con una autoestima y una seguridad en las propias capacidades, que hace que la comparación con los demás no sea necesaria; la felicidad nace cuando los logros se relacionan con las expectativas que se tienen en uno mismo y no en relación con lo que puede lograr el resto. Poder movernos en la vida desde esta visión; de hacer lo que podemos, como podemos, poniendo “lo mejor de nosotros” –y no en relación a algo “mejor” que está dictado por el afuera- no es tarea sencilla cuando desde niños nos enseñan a compararnos… ¿Cuántas veces escuchamos a una madre diciendo frases como, por ejemplo: Mirá a Fulanito que bueno que es y cómo la ayuda a su mamá? Esto lo “archivamos” en nuestra memoria como Fulanito es mejor que yo; ergo, varias aptitudes de Fulanito son mejores a las mías… Este juicio nace simplemente de la subjetividad de una mamá que quiere que su hijo colabore y nada tiene que ver con las cualidades del tal Fulanito.

Lo cierto es que, si lográramos no compararnos ni comparar a nuestros afectos y pudiéramos darnos verdadera cuenta de que nadie es igual a nadie -nadie es mejor que nadie ni peor que nadie-. Si aprendiéramos a mirar a las personas sintiendo que ninguna es comparable a otra y que nadie nació en el pasado ni nacerá en el futuro siendo igual a otra; nos daríamos cuenta que cada uno de nosotros es único e irrepetible. Y siendo únicos y despojándonos de comparaciones, notaríamos que nada nos falta y nada nos sobra. Somos todo lo que necesitamos para “ser”. Aceptémonos y disfrutemos de lo que somos con la libertad de ser nosotros mismos.


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