A vivir se aprende jugando


Hace varios años mi sobrino Pedro terminaba de jugar al Daytona –un inofensivo simulador de manejo de autos de carrera- en una conocida casa de videojuegos de la costa argentina y me dice: “tía, me dan ganas de hacer lo mismo pero con un auto de verdad”. Claro, estaba aprendiendo a conducir a través del juego. Es que el juego es aprendizaje, es nuestra manera de conocer el mundo e ir desde lo imaginario a lo real.

Según el célebre pediatra y psicoanalista inglés, Donald Winnicott, el desarrollo psíquico, cognitivo, afectivo, emocional y psicomotor del niño se da a través del juego. Es la manera en que se introduce en el mundo objetivo. La madre (o quien ejerce la función de maternaje) lo guía en las diferentes etapas hasta que el niño sea capaz de elegir con qué jugar entre las muchas posibilidades. Su teoría da suma importancia al sostén de la función adulta, a la empatía, y a la relación entre ellos. Para él, los primeros años de vida brindan la posibilidad de una psiquis saludable. Liga a los índices de salud, la creatividad y la espontaneidad que se expresan en el juego. Citando palabras de este especialista, “La salud se haya estrechamente ligada con la capacidad individual para vivir en una zona intermedia entre el sueño y la realidad y que recibe el nombre de vida cultural”. También advierte que el rol del cuidador demanda honestidad y sinceridad y no debe esperar obtener satisfacción inmediata: debe aceptar el amor y el odio de quien es cuidado (por ejemplo, las broncas por los límites).

Ahora bien, de aquella oferta de juegos y juguetes que hablaba Winnicott a los nuevos juegos hay enormes diferencias. Ya no son los objetos que le acercamos a los infantes sino los videojuegos y videos a los que están expuestos. No parece haber, sin embargo, demasiada diferencia en la construcción de nuestro psiquismo.

Sin ser experta en videojuegos –más bien, bastante ignorante- el sentido común indica que no debe ser tan fácil ni sano para el psiquismo la operación que va desde el principio de placer al principio de realidad. O sea el paso de la sensación de omnipotencia y control mágico que se da en el juego y llevarlo a lo real, paso necesario para el inicio de las experiencias culturales. Cuando lo virtual es tan violento y adictivo como el Call of Duty o el Fortnite y en la realidad se suceden hechos aterradores como la masacre de Nueva Zelanda o la estremecedora matanza en Brasil es para preguntarnos, al menos, qué correlación puede tener a nivel cerebral, lo imaginario con lo real. Tan simuladores de realidad son este tipo de juegos que el mismo Donald Trump, en una rueda de prensa de enero de 2018 ante la primera ministra noruega, nombró aviones que enviarían a ese país citando el F-52, confundiendo el nombre ya que solo existe en el call of duty.

Puede que la violencia sea intrínseca al ser humano como instinto de supervivencia, como avalan muchas teorías. El hombre tiene capacidad de amar, ser solidario y cooperar como así también de competir, destruir, dominar y luchar. Pero está claro que estamos atravesados por la cultura y que la cultura se construye. Ya queda poco de aquel primer sapiens que empezaba a modular lenguaje. La teoría epigenética demuestra la capacidad de aprendizaje del sistema nervioso central dada por la enorme plasticidad neuronal que tenemos. Esto resulta de vital importancia y tanto lo aceptamos y confiamos en que el juego construye futuro que hoy se sugiere que los juegos de las niñas no sean la escoba y la palita, la plancha y las cacerolas sino que los juguetes tienen que dar diversas y similares posibilidades de ser y estar en el mundo a niños y niñas. ¿Entonces? Si está tan claro que el juego es un vehículo para aprender a estar en el mundo - ya lo dijo Pedro hace años: después de jugar a que manejaba, quería salir a manejar…- ¿Cómo estamos eligiendo y permitiendo horas y horas de “programar cerebros” a través de juegos tan violentos y con apariencia real?

De alguna manera todos nos hacemos cómplices del sistema mirando hacia otro lado y nos dejamos llevar por cierta inercia. Pero al mirar a nuestros hijos tenemos que preguntarnos qué es lo mejor para ellos. Somos portadores de transmitir cultura. Un niño es un ser que nace libre e inocente y poco a poco es domesticado y acompañado a ser en el mundo. Si los estados y la industria no colaboran, los padres, docentes y tutores todavía tenemos un espacio de compromiso como para guiar a nuestros hijos dándole la importancia al juego: motor y disparador de la vida adulta.


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