Ser lo que somos


“Si viviéramos plenamente lo que somos, seríamos tremendamente felices” afirma Juan Manzanera, maestro de meditación, en su libro El Placer de Meditar. Este maestro que fue monje de la tradición tibetana durante doce años, discípulo directo del Dalai Lama y licenciado en Psicología Clínica, se dedica a expandir la meditación como herramienta para dejar de sufrir y lograr ser profundamente feliz. Al leerlo, se renuevan mis esperanzas sobre la posibilidad de una vida sin sufrimiento, porque el sufrimiento proviene de la mente y se da, principalmente, al resistirnos al dolor y a lo que verdaderamente somos. Para ejemplificar lo que nos sucede cuando no logramos ser “lo que somos” narra en uno de sus libros un cuento hindú en el que un león fue criado desde que nació por una manada de ovejas. Creció con ellas y adquirió sus costumbres, hábitos y conductas. Se fue convirtiendo con el tiempo en un animal pacífico y vulnerable, además de asustadizo y temeroso. Un día, mientras las ovejas pastaban, un león se acercó a cazar. Cuando se dio cuenta que entre las ovejas había un animal de su especie se sorprendió y decidió averiguar qué pasaba. Fue así que lo corrió hasta alcanzarlo y se lanzó sobre aquel león que, a pesar de ser más joven y corpulento que él, escapaba asustado como el resto de las ovejas. Al atraparlo, el joven león le suplicaba piedad. El viejo sabio cazador notó que el problema del joven residía en haberse identificado con las cualidades de quienes lo habían criado y rápidamente lo llevó hasta orillas del lago para que pudiera observar su imagen y ver que ambos eran de la misma especie. Tan pronto el lago le devolvió su imagen, pudo darse cuenta de su valor y fuerza y las inseguridades y miedos se desvanecieron rápidamente. Pudo soltar las identificaciones y encontrar lo que verdaderamente era.

Para Manzanera, acceder a la felicidad es una posibilidad real para todos. Lo que se necesita es encontrar quién de verdad somos -como hizo el león- y, además, qué valor real le damos a las cosas, sin engañarnos a nosotros mismos. Y para eso nada como meditar, que es mirar nuestra mente como si fuera reflejada en un lago y así conocerla. Decidirnos a descubrir a qué le damos importancia y ver si priorizamos nuestra posición social, ambición, creencias y prejuicios, sobre el valor que tiene para nosotros vivir en paz, sentirnos en armonía e intentar conocer lo que somos, más allá de lo que creemos ser. Y esto nada tiene que ver con dejar de hacer lo que hacemos cotidianamente; por el contrario: es hacerlo con más conciencia pero con “menos importancia”. Porque meditar también es aprender a mirar nuestra vida desde una perspectiva donde nada es tan importante como para quitarnos la paz y poblarnos la mente de preocupaciones. Nos conduce a parar y preguntarnos ¿Qué es lo que me hace feliz? ¿Qué es lo que me hace sentir “yo mismo” y qué estoy olvidando? Porque al meditar aparece el silencio interno que tiene muchas de las respuestas que buscamos en el afuera y que, por buscarlas afuera, nunca encontraremos. Meditar es aprender que la vida está ahora mismo, y que sucede sin hacer nada, sin ningún esfuerzo, sin ninguna lucha pero, para reconocerla y reconocernos, tenemos que escucharla y escucharnos.


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